
Hace años que partí, hace tiempo que ya abandoné, solitario de la mano de un papel. Solitario de la mano de un pincel. Desesperado, despojado de la confianza, vuelto un ogro a golpes de viento y son. Ruido en mi cabeza, tic tac, tic tac. Nada suena bien, todo en contra de los pasos del tiempo, ruido y más ruido. Alejado de la melodía que un día se compuso para mí. Probando su dulzura viajaba a lomos del viento, veloz, devorador. Pero siempre se acaba, la luz se apaga, colores oscuros, golpes y más golpes. Rápido, veloz, fugaz, ¡ya está aquí! La melodía en tono menor, la frecuencia ya cambió, descabalgado, desolado, golpeado otra vez. Reiteración traída por la desilusión. Estacado, apagado, oscuro mar que me ha atrapado. Densidad pegajosa que se filtra por mis poros. Ansia por recordar las ideas que me hacían volar. Las recuerdo, las tengo, pero entre mis dedos yo mismo me desvanezco. Cómo te puedo conocer y no saber qué hacer, qué decir, todo es un constante perecer, un devenir del tiempo que parece repetirse, repetirse; acristalado a cinco centímetros de grueso espacio, viajando tan despacio, inaccesible a mis sentidos físicos; desesperado, ahogado, suicidado; me veo degollado por las palabras que vomito desde mi mudez, no te recuerdo niñez, eras ya un hombre cuando llegaste, eras un niño cuando te percataste, eres polvo ahora que quieres cambiar. Eres parte de un presente que camina lento, ya sin viento, que huele a flores mustias en un campo descompuesto, de la mano de tu otra mano echadas a la espalda, con ojos de serpiente, caminante errante, aliento cansado. Herido en el corazón por mil sables atravesado, cada uno de ellos clavado, fuertemente arraigado envolviendo el pulmón, contaminando la respiración.
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